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Antonio, querido Hermano y amigo:

Quería saludarte y hacerte saber algunas novedades que me han ocurrido desde la última vez que nos vimos.

Cuando, siguiendo el ejemplo de mi hermano Fabricio, decidí iniciar el camino de preparación para el sacerdocio, me dijiste casi con picardía: “seguro que harán carrera dentro de la Iglesia, ya que eres de familia noble y santa”.

Algo de eso ha habido: Antonio ha sido consagrado Obispo de Pavía. Yo estoy más detenido, sólo conservo el título y los ingresos que me da el ser Abad Comendatario del Monasterio de San Antonio de Piacenza. Este título me da la posibilidad de contar con ingresos económicos fijos y que, así, a mis 20 años, se dirijan a mí como “el Padre Abad”.

Hoy reconozco, ya sin vergüenza, que vine a Roma para ver si lograba lo que Fabricio: avanzar en la carrera eclesiástica. Pero también, eso lo sabes desde mi infancia, movido por el deseo de buscar el mejor modo de servir a Dios. Cuando me decías eso de mi familia, yo vibraba no tanto por lo de “noble”, sino más bien por lo de “santa”, habiendo tenido más de un pariente santo[1]

Sin embargo, has visto cómo son estas cosas, que a veces damos una de cal y otra de arena. Roma me impresionó de verdad en todo lo que en ella hay de pompa y majestuosidad. No reparé al principio en la cantidad mucho mayor de pobres que habitan en ella y de la gran cantidad de personas que, en un espíritu de gran sencillez, buscan servir a Dios y ser santos.

Lo cierto es que me dejé llevar. Me parecía que vistiéndome ricamente impresionaría mejor en el Vaticano. Pero después de la ropa cara, fue necesario cambiar el porte y andar, digamos “al paso de los conquistadores” y, sobre todo, adquirir el tono de la voz que permite mostrar suave sumisión o prepotente potencia, según lo pidan las circunstancias.

No sé en qué estaba y no sé dónde habría terminado de no haber sido por una estratagema que planeó mi hermano Fabricio con un Cardenal muy amigo desde hace muchos años de nuestra familia. De hecho nos visitaba cuando yo era pequeño con asidua frecuencia.

Tenía que ir a ver a este Cardenal, en nombre de mi hermano para recibir algunos consejos que me permitan avanzar en el camino (pensaba yo) de la carrera eclesiástica. Aquel día fui con mis mejores galas y con todas mis condiciones actorales despiertas. Ignoraba que sería yo el “engañador engañado”, por gracia de Dios.

No esperé a que me anunciase el Secretario del Cardenal. Yo mismo abrí las dos puertas de su oficina y entré aparatosamente, nombrando con voz metálica todos mis títulos y haciendo una reverencia, como para dar un toquecito de humildad.

Entonces el Cardenal bramó cual una batería de cañones: ¡Al suelo! ¡Póstrate en el suelo! Lo hice inmediatamente, no tanto por haber entendido la orden. Fue más bien la mirada y la voz del cardenal lo que me derribó.

Y él continuó, implacable: “¡No recibo impostores!  Conozco un Glicerio Landriani que buscaba para su vida asumir la voluntad de Dios. Y hoy encuentro este hombre, pagado de sí mismo, y esclavo de sus vanidades. ¡No te conozco! ¡No sé quién eres!”

Yo me había postrado, pero esas palabras, literalmente, me aplastaron.

Y recordé: recordé las visitas de este Cardenal a nuestra casa: cómo se encendía mi corazón cuando hablábamos de la entrega a Jesús y de la santidad. No soporté más y rompí en un llanto amargo y desconsolado, lleno de vergüenza y decepción de mí mismo.

El Cardenal se apresuró a levantarme y darme un paternal abrazo. “¡Oh, te conozco muy bien, mi querido Glicerio! –me dijo- tenías que despertar de esta pesadilla de superficialidad y volver a tu ser, a ser de Cristo”.

“¡Ser de Cristo!”, no dar la espalda a Cristo, vivir para Cristo. Todo cambió para mí esa tarde. Y empecé por lo de fuera, despojándome de mis ricas vestiduras cambiadas ahora por el hábito de los penitentes.

Y así descubrí y pude acercarme a la gran multitud de pobres que también pueblan Roma. Especialmente me sentía llamado a acercarme a los que ignoraban el amor de Dios, me sentí llamado a catequizar a tantos hijos de Dios que ignoran cuánto los ama el Señor.

Sabiendo la fuerza que tiene el ambiente, busqué apoyo en el P. Domingo Ruzola, Carmelita Descalzo, gran director espiritual, y también al P. Francisco Méndes, que conducía un grupo de cristianos penitentes.

Quizá haya sido la fuerza y el entusiasmo de la conversión. No lo sé, lo cierto es que, casi sin percibirlo, me fui metiendo en este grupo que terminaba siendo una  colección de excéntricos, más que una fraternidad de cristianos, más preocupados por que los vean que por encontrarse con Cristo.

Yo iba percibiendo que las rarísimas prácticas (si así se las puede llamar) que nos imponía este sacerdote me dejaban un claro sentimiento de bienestar al creerme más santo por haberlas realizado. Pero en poco tiempo mi corazón se llenaba de aridez y confusión. Y de algún modo me daba cuenta de que por ahí no estaba el Señor.

Por eso volví a hablar con el P. Domingo. ¡Qué miedo al contarle lo que hacíamos con este otro sacerdote!: las misas de ¡veinte! horas o los bailes extáticos, burla de oración o la comunión de varias hostias juntas, como si comulgáramos más “cantidad” de Jesús.

El P. Domingo captó enseguida el peligro en que se encontraba mi vida espiritual. Supo rescatar lo mejor de este tiempo al hablarme de la sinceridad de la búsqueda, docilidad en la obediencia, el encuentro con los necesitados…

Me recomendó desconfiar vivamente de todo aquello que redunde en el desprecio de mí mismo. Me invitó a cultivar la abnegación, el sacrificio y la penitencia, pero no para “sentirme” más santo, sino para entregarlo por amor a Cristo, nuestro Señor.

Me estoy apartando de este grupo del P. Francisco Mendes; otros cinco hermanos están en la misma búsqueda. Casi semanalmente visito al P. Domingo para, después de una prolongada oración ante el Santísimo, conversar con él. Ha prometido que me presentará un grupo de gente, guiados por un sacerdote español que, según él, será el camino para mi vida.

Yo, por mi parte, he tomado una decisión que considero básica, de cimientos, fundamental: Queriendo alcanzar a Cristo decido dejarlo todo por amor a Él y me entrego en las mediaciones que él quiere enviarme: aquellos a quienes, por su palabra prudente de consejo, considero mis Superiores, al trabajo catequístico con los pequeños y a la asidua vida sacramental.

Me enciende el corazón la perspectiva de encontrarme con este grupo de gente de la que te hablaba antes. Intuyo que habrá algo grande. Mientras tanto seguiré buscando, seguiré tratando de que Cristo ocupe el primer lugar entre mis preocupaciones.

Te mando un gran abrazo y pido tu bendición.

Glicerio Landriani


[1] En efecto, Glicerio es pariente cercano de San Carlos Borromeo, gran obispo que fuera de Milán (Italia)