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Querido Antonio:

Finalmente, ha llegado tu carta. El mensajero que enviaste no sabía de mi nuevo lugar de residencia. Pobre hombre, nos hemos reído un rato al recordar su rostro casi descompuesto, preguntando por “el P. Abad Glicerio Landriani”. Descompuesto su rostro, como mostrando no poder creer el lugar donde se hallaba uno de los “prometedores jóvenes de la nobleza de Milán”.

Yo me encuentro en las Escuelas Pías de Roma, adonde acuden hasta 800 entre niños y muchachos a los que enseñamos desde lo básico, hasta los elementos introductorios de la gramática latina.

He venido aquí sin buscarlo, sólo por pura obediencia a mis superiores. Es cierto que mi corazón lo deseaba mucho, pero no lo manifestaba por no mostrar afecto a cosa alguna, sino estar resignado al querer de Dios, Nuestro Señor.

Releo lo escrito y me doy cuenta de que fui demasiado a prisa.

Lo primero; me encontré con alguien: un sacerdote español de unos 55 años, José de Calasanz, su nombre. Ya empezó a pintar canas, pero su mirada transmite una fuerza y una paz ante las que uno no puede permanecer indiferente.

Cuando el P. Domingo, el Carmelita Descalzo, con el que me dirigía espiritualmente, me llevó a las Escuelas Pías, allí me lo encontré. El edificio era el antiguo Palazzo Maninni. Ese caserón de fachada señorial ubicado en la Plaza de San Pantaleón. Allí dentro me esperaba Jesucristo, con una sorpresa que le daría a mi vida una orientación totalmente nueva.

Entramos al Palazzo. No encontré en el patio interno ninguna escena monacal de silencio sepulcral, o  un jardín preciosamente cuidado.

A donde dirigiese la mirada encontraba niños o muchachos pobres. Me di cuenta de que venían de todas partes de Roma. Con ellos había hombres, claro está, los maestros, que vestían hábito clerical, de una pobreza que competía casi con la de esos muchachos.

Y, saliendo al patio, con un grupo de pequeños, nos encontramos con él, con el P. José. Después supe que estaban saliendo con los niños de la Capilla del Colegio.

Nos presentó el P. Domingo; el P. José me miró profunda y seriamente desde su altura colosal, aumentada tal vez por la pequeñez de los niños que le rodeaban: “¿Qué ocupa el corazón del joven Glicerio?”, fue su pregunta.

Primer encuentro con él y mi corazón se vio de pronto atravesado por la mirada de alguien que, por cooperar con la Verdad, entraba en mí iluminándome.

Te aseguro que todavía resuenan como en el seno de una caverna, esas palabras del P. Calasanz “¿Qué ocupa el corazón del joven Glicerio?…

Contrariando todas las normas de etiqueta que aprendí de mi madre, le contesté con otra pregunta, dicha en un tono tan desafiante que el P. Domingo me miró asombrado:

“¿Y qué es lo que ocupa su corazón? P. José”, le dije, como devolviendo la estocada y con la esperanza de que la cosa quede ahí.

“Mi corazón –me dijo el P. Calasanz – está ocupado en conservar y cuidar el tesoro que encontré”.

Lo miré con duda; en realidad lo miré sediento. “Sí Joven –continuó él – yo encontré un tesoro. Encontré la manera definitiva de servir a Dios, haciendo el bien a estos pequeños. No la dejaré por nada del mundo”.

Y el gigante P, José, apenas me dijo esto, se puso a bendecir a unos chiquitines que lo fueron a buscar. Ese gigante se empequeñeció de pronto ante esos niños pobres. Mi corazón dio un vuelco.

Yo también había encontrado. Lo había encontrado a él, a Calasanz, porque los había encontrado a ellos, a los niños, porque lo había encontrado a Él, a Dios. O quizá por los niños di con Calasanz y por él con Dios. O quizá porque me encontré con Dios llegué a Calasanz y a los pequeños. Sí, sí, parece un trabalenguas, sólo quiero mostrarte la unidad que me ha brindado esta experiencia.

Todo encajó para mí en ese momento. Todas mis búsquedas, todos mis esfuerzos por ser de Cristo encontraban allí la mejor respuesta. Valió la pena dejarme guiar por quienes me dirigieron.

Ahora estoy convencido de que es vocación de Dios y espero que el Señor quiera servirse de mí para esta obra suya.

Vuelvo a ese encuentro. Porque el P. José insistió con su pregunta: “Ya le conté lo mío –me dijo – por eso insisto: ¿qué ocupa el corazón del joven Glicerio?” 

La emoción me inundaba, casi ahogaba mis palabras empeñadas en salir como a borbotones: “Hasta ahora mi corazón estuvo ocupado en una búsqueda –le dije – pero creo que a partir de hoy mi corazón estará siempre ocupado en Jesucristo”.

“Glicerio Landriani, ¡Glicerio de Cristo!”, fue la respuesta del P. José y así me quedé.

Como te digo, querido amigo, llegué aquí por pura obediencia y con gran deseo.

Y, por donde se mire, ha sido una auténtica aventura, la más alta de las aventuras. Aporté buena parte de mis ingresos para ayudar en la compra de Palazzo Torres, muy cercano a la casona donde estuvimos antes.

Somos una comunidad de lo más especial ¡Hay cada personaje!: El P. Gaspar, un anciano de casi cien años, maestro de maestros de  latín, Juan García del Castillo, otro español, con el que me entiendo de maravillas y varios otros.

Pasamos un tiempo de cierta inquietud, pues en el deseo de dar estabilidad a su obra, el P. Calasanz acordó la unión de nuestra comunidad con una nueva congregación,  la Congregación de la Madre de Dios, fundada en Lucca por el P. Juan Leonardi (que murió con fama de santidad).

Los pobres padres de esta congregación no pudieron soportar esta forma de vida desafiante, rodeados de niños pobres y de pobreza. Se acordó finalmente que los grupos se separen. Sin embargo, unos cuantos de la Congregación de la Madre de Dios se quedaron con nosotros, entre ellos, el P. Pedro Casani, que es a quien ahora le confío el corazón y la vida en la confesión y dirección espiritual.

Para esta división intervino el Papa, quien decretó que el grupo originario de las Escuelas Pías formara una congregación nueva en la Iglesia: La Congregación Paulina de los Pobres de la Madre de Dios de las Escuelas Pías.

Cuando llegó el Breve en el que Paulo V erigía nuestra congregación. Le pedí una copia al P, José y fui a ver a mi Hermano Fabricio, el obispo. Entré en su casa hecho una tromba, saltando y danzando de alegría por el regalo que nos había hecho Dios.

Riéndose, mi hermano me dijo “¿Glicerio Landriani?, Yo diría mejor: ¡Glicerio de Cristo! ¡Glicerio, el Loco de Cristo!

Y es así como en cierta medida me siento: como un loco para el mundo

Pero he aprendido en esta escuela, como si fuese el más pequeño de los alumnitos, que Dios ha elegido lo que el mundo tiene por loco para confundir a los sabios entendidos y prudentes.

Loco por Cristo. Así estoy viviendo esta aventura. Y sé que muchos se sumarán a ella.

Con sincero afecto en Jesús, que ocupa todo mi corazón.

Glicerio Landriani de Cristo