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Muy querido Hermano:

Tengo en mis manos lo que considero un auténtico tesoro: se trata de una única carta enviada por el P. José de Calasanz y que conservo con mucho cariño. Me la escribió desde Frascati, cuando yo, después de participar en la fundación de las primeras Escuelas Pías fuera de la ciudad de Roma, había sido enviado nuevamente a la Casa de San Pantaleón.

¡Frascati! No me resisto a contarte un poco acerca de esa aventura. Tú conoces bien Frascati: has probado el buen sabor del vino que producen sus viñedos y habrás podido conocer las fastuosas mansiones que son el refugio de los nobles romanos durante el verano.

Obviamente, nosotros no fuimos a parar a ninguna de esas villas. Conseguimos una casa amplia a poca distancia de la Iglesia Catedral y allí instalamos las Escuelas Pías. tendrías que haber visto los rostros de los pobladores cuando en las misas dominicales de las diversas iglesias del pueblo y en la visita casa por casa que hacíamos a las familias pobres repetíamos este anuncio: “Por pura caridad y amor de Dios, enseñaremos a los niños la doctrina cristiana, lectura, escritura, aritmética y primeros rudimentos de la lengua latina”.

Las familias pobres nos miraban con una mezcla de incredulidad y encantamiento. Me recordó aquella frase evangélica “era tan grande su alegría, que se resistían a creer”. Y como con el Señor Resucitado, les dijimos: “Vengan y vean”.

Y ¡vaya si vinieron! De a cientos, de tal modo que pronto la casa quedó chica y hubo que alquilar varios locales contiguos.

El P. José iba y venía entre Roma y Frascati, repartiéndose entre los dos colegios, repartiéndose entre los niños y jóvenes de ambas escuelas.

Lo recuerdo llegando por la calle montado en uno de los burritos que él mismo cuidaba en San Pantaleón. Yo le bromeaba: “Padre José, se parece al Señor Jesús entrando en Jerusalén, rodeado de la alegría de los pequeños y montando ese burrito!”. Y el P. José me respondía “Y yo, más bien pedía la obediencia del burrito aquel que Cristo montó en su entrada a Jerusalén. Cada vez que me subo a nuestro burro yo, en voz baja, digo: si fuese un burrito, sería como tú, el Señor me conceda tu docilidad y pequeñez”.

Esta fundación de Frascati, se realizó mientras estábamos en plena separación de la  Congregación de la Madre de Dios, de la que ya te conté en la carta anterior. No estuvo por lo tanto, carente de tensiones y situaciones conflictivas.

Para mí constituyó la experiencia fundamental que confirmó mis búsquedas y sobre todo mi encuentro. El deseo del P. José: que mi corazón permanezca ocupado por Jesucristo, ha sido algo que se dio más por gracia de Dios que por mérito o esfuerzo míos.

Y así se ha ido dando, progresivamente: Porque dejé ocupar mi corazón por Cristo he pasado mucho tiempo en oración, en vigilias y ayunos; me he preocupado por ayudar desde nuestra  Congregación para que las catequesis de las distintas parroquias de Roma renueven su propuesta catequística y la realicen con renovado ardor y compromiso. No fue fácil, porque después del trabajo escolar, el que ir y venir entre parroquia y parroquia era por demás agotador, pero el Señor me dio fuerzas. Las mismas que nos dio para asumir la propuesta que el Señor mismo me inspiró en el corazón, de acompañar hasta la cercanía de sus casas a nuestros alumnos, después de la escuela, formando filas que se iban esparciendo desde el centro de Roma hasta cada uno de los barrios de la periferia.

A mí me preocupaba encontrar a niños, una vez acabada la jornada escolar deambulando por ahí con grandes riesgos para su seguridad física y moral. El P. José hablaba de nuestra vocación como un oficio angélico, similar al de los ángeles custodios. Y así, un día, en la oración mental, imaginé en mi pensamiento una fila de pequeños de la escuela acompañados por varios de los nuestros y asistidos por ángeles, de tal modo, que parecían ser lo mismo. Mi corazón quedó iluminado y no dudé en comunicarlo al P. José quien lo propuso a toda la comunidad.

Y llegó el esperado Breve de Paulo V , por el que nos erigía como nueva Congregación. Mi situación cambió, pues de maestro de escuela, pasé a ser Novicio.

Es ahí donde me encuentro al presente: en Noviciado que los Padres de las Escuelas Pías tienen en el Borgo, muy cerca de la Basílica de San Pedro en el Vaticano.

Estamos bajo la tutela del P. Pedro Casani que es nuestro Padre Maestro de Novicios. Con él vemos inflamarse nuestro corazón en deseos de vivir unidos a Cristo, deseando servirle sólo a Él para sólo a Él agradarle.

Todos estos años tan intensos han avivado el deseo del encuentro definitivo con Jesucristo, mi Dios y Señor. Mi Hermano me llamó “Glicerio, el Loco de Cristo” y te digo que las locuras hechas por su solo Amor me han llevado a considerar que todo es basura con tal de ganar y encontrar a Cristo.

Así vivo esta enfermedad, por la que estoy atravesando y de la que quería anoticiarte con esta carta. Sobre todo porque la última visita del médico fue clara en lo que viene: su ciencia humana ya nada puede hacer por mí, sólo queda prepararse para el encuentro definitivo con Cristo.

Por favor, no te entristezcas, pues yo no lo estoy. Hace unos días, mientras me visitaba el P. Calasanz, podía recorrer con él la historia de mi vida, recordando todas las intervenciones que el amor de Dios realizó en ella. ¡Cómo no estar agradecido!

El Señor me llamó a la vida, a una Vida abundante. Me preservó de la vanidosa superficialidad del mundo. Me liberó del error al que me llevaron mis búsquedas inmaduras. Fortaleció mi docilidad para dejarme conducir por mis directories espirituales, hasta encontrarme con Jesucristo en las Escuelas Pías. Mi hizo vivir la más alta de las aventuras al participar de esta obra de Dios y del afortunado atrevimiento y tesonera paciencia del P. Calasanz. Me hizo renovar, siempre en plena libertad, mi opción por seguir a Jesucristo.

Calasanz me recordaba el salmo que dice: “Escucha, hija, mira, olvida tu pueblo y la casa paterna, prendado está el Rey de tu belleza”

Lo veía emocionarse como verdadero padre cuando le reconocía que eso que él citaba yo lo experimentaba en mi vida. Lo que yo no siempre pude ver en mí, sí lo vio el Señor: la Belleza de la imagen de su Hijo que ocupando mi corazón.

Y me decía el P. José: “Su corazón permanecerá siempre cerca de mí. No le permite, hermano Glicerio que se nos vaya al Cielo sin avisarme. Recuerde que siempre ha sido obediente.

Así se despidió este padre querido. Su bendición transparentó  el amor de Dios padre y el amor de padre de Calasanz. ¡Qué grande, qué maravilloso es encontrar un maestro, un padre, que haga presente al único Maestro, al único y verdadero Padre!

Una confidencia: en un rato de oración, una vez que se retirara el P. José, yo pedí con la confianza de los niños: “Señor, si guieres, permite que a la hora de ir a Ti, pueda cumplir este deseo del P. José”.[1]

Así me he quedado desde entonces. Mis fuerzas físicas decaen con la misma velocidad con crecen mis deseos del encuentro definitivo con Cristo.

Y ya que has sido un amigo tan fiel, te adjunto, como herencia preciosa, el tesoro preciado de la carta que me envió el P. Calasanz.

Realmente, el Señor me concedió ocupar mi corazón sólo por Jesucristo: ojalá mucho puedan ser tan afortunados como yo.

¡Hasta el Cielo!

Glicerio de Cristo


[1] Efectivamente, desde los primeros tiempos de la Orden se cuenta que el Señor concedió al Venerable Glicerio este “favor” que le pidió en la oración. Dejemos que sea el P. Vicente Berro, testigo presencial de muchos años de la vida de Calasanz y fidelísimo en anotar todo detalle que percibía sobre nuestro santo, quien nos cuente la historia: “En la hora precisa en que murió Glicerio, estando el P. General (Calasanz), en cama, aunque muy despierto, oyó llamar a la puerta dos o tres veces; respondió él cada vez Deo Gratias, abrid, pero viendo que llamaban y no abrían, le pasó por la cabeza que podía ser el Abate Glicerio que se iba al cielo, y como en vida había sido siempre muy obediente, no quería partir de este mundo sin su bendición. Y pensando esto dijo: ¡Dios lo bendiga, vaya y ruegue por mí!.Y ya no tocaron más a la puerta. Al poco rato vinieron dos del noviciado y trajeron la noticia de la feliz muerte del Siervo de Dios”.