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¡Qué no daría yo por estar ahí!

En ese encuentro de gigantes…

Calasanz y Glicerio:

santidad con santidad,

entrega con entrega

búsqueda con búsqueda,

encuentro con encuentro.

¡Qué no daría yo por estar ahí!

Y contemplar sus miradas cruzadas.

Y escuchar la invitación a ser santo…

Y recibir la confirmación de un padre…

Y recibir la promesa de un hijo…

¡Qué no daría yo por estar ahí!

y ¡Verlos! frente a frente.

Engendrando, bendiciendo,

cooperando con Cristo, Verdad Eterna.

¡Qué no daría yo por estar ahí!

Caminando con los dos en la fila de los pequeños,

avanzando contra corriente del mundo todo,

enarbolando la bandera de un sueño fecundo…

¡Qué no daría yo por imitarte, Glicerio de Cristo!

Glicerio que de Cristo vienes,

Glicerio que de Cristo eres,

Glicerio, corazón ocupado por Cristo…

Danos glicerios, Glicerio de Cristo.

Los niños piden pan, y nos falta tu entrega,

nos falta tu valentía,

nos falta tu radicalidad.

Danos glicerios, Glicerio de Cristo

que anuncien la Pascua a los pequeños,

que no se callen el amor de Dios,

que vivan la alegría de la desnuda pobreza.

¡Qué no daría yo por estar ahí, en ese encuentro!

Encuéntrense de nuevo, Calasanz y Glicerio

en éste, mi corazón abroquelado.

Encuéntrense en esta, mi vida tibia,

Encuéntrense en éste, mi llamado a la Santidad.

Caminen con nosotros, Glicerio y Calasanz,

caminen con sus hermanos escolapios.

Enséñennos la confianza y entrega generosa.

Enséñennos la alegría del que ha encontrado el tesoro.

Amén.