Vida de Joaquín Erviti Lazcano
El Padre Joaquín fue mucho más. Quienes le han conocido dicen de él que era “distinto”; su modo de ser excepcional se transparentó entre los que han compartido con él vida y tareas en Pamplona, los adultos, familias y educadores, …y sus alumnos,
HITOS DE UNA VIDA INTENSA
¿Quién fue el Padre Joaquín?
Joaquín Erviti Lazcano nació en Estella (Navarra) el 12 de octubre de 1912. Alumno del colegio escolapio de su ciudad decide, a los 15 años, ingresar en las Escuelas Pías. Comenzó su formación en Peralta de la Sal, donde tuvo como maestros a los beatos Manuel Segura y Faustino Oteiza, mártires. Estudió magisterio, filosofía y teología en Irache y Albelda de Iregua, incorporándose a la comunidad del recién inaugurado Colegio Calasanz de Pamplona a finales de 1933. Tras la Guerra Civil, regresó a Pamplona donde permaneció hasta su muerte en 1999.
Durante 60 años, el Padre Joaquín se dedicó a educar a los más pequeños. La “clase del Padre Joaquín” recibía a los párvulos del Calasanz de Pamplona que aprendían con él a leer, a trazar las primeras letras y a rezar. El Padre Joaquín fue maestro de niños, educador en el sentido más amplio del término, escolapio a tiempo completo… y con mayúsculas.
Innovador e inquieto
Cientos de alumnos navarros han aprendido a silabear y a escribir gracias al Padre Joaquín, que inventó para ellos un nuevo modo de aprender: el método fonomímico. Con la ayuda y colaboración del Venerable Pedro Díez Gil, escolapio (1913-1983) revolucionó la enseñanza de las primeras letras gracias a la eficacia de un sistema que integraba conocimiento y habilidades promoviendo la capacidad lectora del alumno. Ambos, Joaquín y Pedro, autores de las cartillas “Chiquitín”, fueron pioneros en la innovación de la Educación Infantil, no solo en los centros escolapios, sino en escuelas de toda España.
La inquietud del Padre Joaquín por ofrecer a los alumnos una experiencia inmersiva de aprendizaje se extendió al aula, que configuró como auténtico espacio de conocimiento y relación del alumno con la realidad, con los otros y también con Dios. Para ello creó un mundo propio de formas e imágenes, diseñó mobiliario adaptado, y desplegó, también como experto catequista, un relato capaz de integrar fe, cultura y vida. Además, poseyó una imaginación despierta y un vasto conocimiento de la literatura española que se fundieron en muchos de los escritos y poemas con los que acompañaba la actividad docente, celebraba la vida o felicitaba de modo sencillo y fraterno a sus amigos y hermanos escolapios.
Fama de santidad
El Padre Joaquín fue mucho más. Quienes le han conocido dicen de él que era “distinto”; su modo de ser excepcional se transparentó entre los que han compartido con él vida y tareas en Pamplona, los adultos, familias y educadores, …y sus alumnos. Recuerda el P. Pedro Aguado, Padre General, evocando su figura en el Colegio Calasanz: “El P. Joaquín era único. En las celebraciones penitenciales que hacíamos con los alumnos, su fila era siempre la más larga, porque muchos de los chicos querían confesarse con él, por la confianza que les inspiraba. Su finura y delicadeza eran cotidianas, como su inteligencia para conocernos a todos y para decir una palabra de paz y acogida”.
Y un antiguo alumno, le recuerda así: “El padre Joaquín fue durante muchos años algo así como el símbolo vivo del colegio. La encarnación misma de la paciencia, la humildad y la mansedumbre. El sacerdote y el maestro bueno en la plenitud del calificativo. Algo así tuvo que ser San José de Calasanz, aunque sin gafas y con una perilla entrecana, como se le representaba en las estampas. Al menos así me imaginaba yo, de parvulico, al Santo Fundador, cuando en el día de su fiesta le cantábamos a pleno pulmón aquel himno: Padre, que de los niños buscaste siempre el bien”.
El proceso de canonización del Padre Joaquín comenzó en 2004. Recordar los 25 años de su fallecimiento es un buen motivo para encomendarse a su intercesión.
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