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En el Capítulo Provincial de México de 2019, presidido por el padre General, se presentaron ante los capitulares los dos cuadros encargados por la Provincia: Calasanz y la Virgen de las Escuelas Pías, cuyos autores son fray Gabriel Chávez de la Mora, OSB (autor del dibujo), y Jaime Domínguez (autor de la técnica pictórica). Al P. General le agradaron y me pidió que encargara uno para la Casa General, recogiendo el tema del acompañamiento de las Escuelas Pías a sus formandos. Pedro me dio libertad para crear la composición y opté por lo histórico: guía y diálogo en la habitación del Fundador, reproduciendo el espacio y mobiliario que conservamos; el mal boceto que le llevé al monje se transformó con la gracia del artista, que pasa de los 90 años y cuyo último galardón ha sido la concesión del Premio Nacional de Arquitectura 2020.

Con la simbiosis de estos dos artistas, que llevan más de 30 años trabajando juntos, estamos con el mejor núcleo creador de arte religioso que hoy tiene México. El estilo es más cercano al ícono ortodoxo y su carencia de profundidad, que al realismo y perspectiva que identifican al occidente desde el siglo XV; el estilo no es fotográfico ni volumétrico, sino que se expresa en imágenes planas, destacando lo simbólico, la idea a que se refieren. El espectador normal apreciará la belleza y una cierta similitud al cómic; una mirada habituada a la pintura bizantina descubrirá en aquellas pinturas las raíces del novedoso estilo de estos dos artistas, que lo que los han llamado ‘neobizantinos’. El lienzo es de 90×90 cm. (“me gusta mucho usar el formato cuadrado”, que además divide en cuatro cuadrados iguales).

El diseño es perfecto hijo de su autor, se reconoce claramente el estilo y el hacer del artista. Fray Gabriel trasluce su ser arquitecto en el dominio de la línea y los espacios; es amante de los objetos y detalles que dan vida a la escena, por eso se los sugerí. La grandeza del monje siempre aceptó las correcciones que le propuse, entre ellas mover los brazos del novicio para que tuviera más participación en el diálogo.

Junto a la fidelidad a la historia busqué fidelidad a la espiritualidad de nuestro padre: Cristo, María, la dirección espiritual del fundador como tema central (acompañaminto lo llamos actualmente), a la vez que la obediencia de Glicerio.

En el centro geométrico del diseño aparece el centro de la vocación escolapia: Cristo, representado por la cruz desnuda (Calasanz tuvo en su habitación la estampa de un calvario). María también tiene lugar notorio. La mesa permite un diálogo de confianza y guía entre las dos personas, sentándose cada uno a un lado del escritorio, en su respectivo sillón. Calasanz orienta al joven para seguir a Cristo en el espíritu de vida escolapia que está creando (si pudiéramos abrir el libro en que el padre José apoya su izquierda, veríamos si es la Biblia o sus apuntes de lo que serán las Constituciones cuyos cuatrocientos años se van a cumplir). Para destacar aún más al santo fundador, el artista coloca un tapete bajo sus pies, carente de toda perspectiva (otro préstamo bizantino). La equidistancia de los personajes respecto al eje central de la composición es casi milimétrica, y se refuerza con los objetos que enmarcan la escena: cuadro de María y ventana, mesita del lacre y puerta, franjas horizontales formadas por la pintura bajo el techo y por el suelo. Esa puerta es en la que golpeó Glicerio la noche en que llegó, espiritualmente, a pedir permiso para morirse. El proceso creador se alargó al romperse el artista el brazo y contagiarse de covid19.

Acabado el dibujo, llegó el tiempo del pintor. Para la cabeza de Calasanz escogió la misma que la del cuadro de la Provincia de 2019, con lo que mantiene la identificación del fundador. Parecía que la pintura estaba acabada cuando fray Gabriel pidió a don Jaime que quitara intensidad al marco de la Virgen, a la cruz y ventana, pues asumían demasiado protagonismo. Así las cosas, propuse al General que se incorporara alguna frase, por resultar muy decorativo y dar mayor contenido al cuadro; él la escogió, tratándose de la que Calasanz debió decir al abad al conocerlo en 1612. El dos de septiembre firmaban la obra ambos artistas. El padre General siguió todo el proceso de la pintura, pues me comunicaba con él tanto para informarle como para conocer su parecer, y le remitía todas las fotos que me llegaban. Como en un año debía ser el Capítulo General, me pareció interesante no enviar la obra a Roma, de modo que pudiera ser presentada a la Orden en la persona de los capitulares.

A mediados de ese mes vi el cuadro y me gustó: hay diálogo, hay concentración, hay guía espiritual (acompañamiento), hay evocación histórica, hay belleza. Descubrí los detalles de los que no me había enterado con las fotos, pues el tamaño es muy importante. Miré los cantos laterales del bastidor buscando un número, pero no estaba; es que el sr. Domínguez frecuentemente coloca de esa manera la edad que él tiene cuando pinta una obra. Salté a las firmas y hallé el número que buscaba en la del pintor: allí estaban sus 61 años (que cumplió en abril); por supuesto, estaba el 20, correspondiente al año en que se pintó; también vi que fray Gabriel firmó por duplicado, con símbolo y nombre. Verlo con las firmas de los dos artistas, verlo acabado, fue una satisfacción y un respiro, dada la edad del padre y los avatares vividos en el proceso.

En agosto del presente 2021 vio el General su cuadro y le gustó. Por mi parte he disfrutado enormemente el proceso de la presente pintura, lo que agradezco muchísimo, pues me ha entretenido y me ha hecho recordar a nuestro Fundador. Gracias, Pedro, gracias Padre General. Ojalá les guste a los demás y sirva para lo que se encargó.

Alberto Azcona, Sch. P.